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Crudo latinoamericano: ¿bendición o enfermedad?

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América Latina se encuentra con una paradoja dolorosa y antigua: las riquezas naturales con las que se nos consagró nos estigmatizaron para permanecer perpetuamente en un futuro de explotación sistemática. Pese a que, cuando se habla de riquezas naturales, lo primero que se nos ocurre son los recursos renovables, los más preocupantes deberían ser los carentes de renovabilidad. Dentro de estos, se encuentra en el actual mapa geopolítico mundial un recurso que se está enmarcando en un presente violento, convirtiéndose en algo más opresivo que su pasado: el petróleo.

Eduardo Galeano en su libro “Las venas abiertas de América Latina” dice que con el petróleo ocurre como ocurre con el café o con la carne: que los países ricos ganan mucho más por tomarse el trabajo de consumirlo que los países pobres por producirlo. Y esto es históricamente correcto. Aunque el uso del petróleo en América Latina se remonta a los siglos XIII e XVI con los Incas del Perú, el abuso implementado por países desarrollados llegó específicamente luego de 1922 cuando se descubrió ese “oro negro” en Venezuela. Para 1928, tres de las más grandes empresas petroleras en su momento se reunieron por acusaciones de apropiación exclusiva del mercado petrolero mundial; lo cual carece de importancia frente al resultado de que para 1970 se aliaron con cuatro empresas multinacionales, llegando a ser un cartel de siete denominado hoy en día como las Majors: Standard Oil (Exxon), Mobil, Shell, Texaco, British Petroleum, Chevron y Gulf.

Teniendo en cuenta el poder que aún actualmente mantienen estas siete empresas y lo conocidas e importantes que son, la idea de satanizarlas o ver lo malo en su historia muchas veces se podría ver irracional, más cuando el petróleo, más concretamente la gasolina, se ha vuelto una adquisición casi vital y necesaria para una gran parte de la población mundial.

Sin embargo, es necesario conocer la historia para no repetirla. La lucha por recursos entre países siempre se remonta al poder, y en Latinoamérica, más centralmente al dominio. El primer país en rebelarse a este neocolonialismo fue Cuba, en 1960, con la nacionalización de su petróleo, lo cual, al rechazar las demandas de empresas multinacionales estadounidenses, fue — y sigue — aislado hasta el día de hoy dentro del panorama internacional. Brasil creó Petrobrás, la mejor empresa petrolera del país, para luego querer ser mutilada y quedar dependiente de las importaciones de Venezuela. México por veinte años de sufrimiento pagó precios más altos que los que cobraba EE. UU. y Europa juntos por su propio petróleo. Argentina quiso nacionalizar su petróleo y, a cambio, recibió una dictadura de cincuenta y tres años. Paraguay y Bolivia, empobrecidos, murieron por orgullo a su patria, a causa de un discurso coercitivo por parte de Shell donde se mentía de apropiación territorial boliviana hacia el Chaco paraguayo.

A todo esto, pensar inocentemente que las empresas petroleras no han sido más que buena fortuna para el reconocimiento de países latinos es ignorante. El alza de Latinoamérica frente a países más desarrollados no ha sido nada más que un beneficio correlacionado, donde la balanza económica, humana e internacional es hundida bajo la mano dura de corporaciones multinacionales; aprovechándose a costa de producto barato, mano de obra cansada y mal pagada  y ganancias lucradas por y para potencias abusivas. Por lo tanto, es en debida forma que se necesita analizar si el “oro negro” por el cual se enorgullecen vastamente estos países de poseer; este orgullo debería cambiar de lugar. Para América Latina, con su vasta extensión y ricos recursos, no sirve de nada nuestra bendición subterránea, cuando a las potencias dominantes dejamos una enfermedad añejada por los años, empobreciendo nuestros recursos heredados por Dios bajo una idea disfrazada de cooperación y crecimiento.

Actualmente, los países latinoamericanos con mayor incidencia dentro del ámbito petrolero son Venezuela, Brasil, Ecuador, México, Argentina, Colombia y Perú. Sin embargo, entre todos, solo logran el 20% de las reservas probadas de petróleo del mundo. América Latina lleva décadas siendo explotada y torturada; con dependencia extranjera en todas sus categorías, siendo obligada a una extrema volatilidad de precios, demandada a dar más de lo que puede ofrecer; y siempre recibiendo menos que la mayoría. Por lo tanto, no podemos seguir sometidos a la “enfermedad holandesa”. Ahora más que nunca, con los altos ingresos petroleros depreciando la moneda local, no podemos cerrar los ojos a la pérdida continua de recursos; con la excusa del progreso, mientras entregamos nuestra soberanía a intereses ajenos. 

Aunque yo sí puedo responder la pregunta inicial, dejo la respuesta al criterio personal de quien lee esta columna: el crudo latinoamericano; ¿es nuestra bendición — una sublevación hacia el futuro — o una enfermedad poco a poco haciéndonos caer en picada? 

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