Columnas 1 Denis Javier Muñoz julio 14, 2026
El “antiintelectualismo” no es un fenómeno reciente. Asimov (1980) formuló una de las críticas más notables a través del ensayo “Un culto a la ignorancia”. El autor cuestiona el desprecio hacia el conocimiento presente en ciertos sectores de la sociedad estadounidense y denuncia cómo la ignorancia puede llegar a justificarse en nombre de la democracia.
Asimov (1980) argumenta que el derecho a saber pierde parte de su significado cuando una gran proporción de la población no lee, no se informa adecuadamente o desconfía sistemáticamente de los expertos. El autor plantea reflexiones que continúan vigentes en la actualidad y que pueden extrapolarse a otras culturas, incluida la nuestra. Entre ellas, la idea de que estudiar de manera constante es algo negativo o la tendencia a preferir líderes que aparentan ser personas comunes, incluso cuando carecen de la preparación necesaria para desempeñar determinadas responsabilidades.
Con frecuencia, el antiintelectualismo se presenta como una defensa a “la gente común” frente al supuesto elitismo de quienes valoran el conocimiento. Se difunde la idea de que quien busca aprender, profundizar en un tema o desarrollar pensamiento crítico es arrogante, pretencioso o desconectado de la realidad cotidiana. De esta forma, el esfuerzo intelectual deja de percibirse como una necesidad y pasa a entenderse como una forma más de privilegio.
La cultura contemporánea está marcada por una creciente cultura de la inmediatez. La desinformación, el uso de la IA para delegar procesos de pensamiento, el scrolling infinito y el consumo constante de contenido superficial son algunas de las formas en que nuestra capacidad de atención, análisis y reflexión se ve afectada.
Esto se traduce en individuos cada vez menos dispuestos a cuestionar, analizar o desarrollar sus propias ideas. Personas que encuentran dificultades para sostener una reflexión compleja, interpretar críticamente un texto o evaluar información de manera autónoma. Evidentemente, nadie espera que cada momento de ocio se convierta en una discusión intelectual. Existen ocasiones en las que es saludable desconectarse y permitir que la mente descanse. Sin embargo, cuando esa desconexión se convierte en un estado permanente, la capacidad crítica se debilita.
Esta tendencia pudo observarse durante el último año, algunos actores políticos lograron consolidar su imagen pública en parte gracias a la difusión de contenido viral, especialmente a través de memes y videos en redes sociales. Esto demuestra que la percepción de los candidatos no siempre se construye a partir de sus propuestas o trayectoria, sino de elementos superficiales como el humor o la apariencia de “cercanía” que transmiten.
En círculos literarios se han generado discusiones a raíz de videos virales en los que influencers critican la complejidad de algunos libros, argumentando que contienen “demasiadas palabras”, estos mismos promueven métodos de lectura acelerada basados en la reducción del texto, como la lectura exclusiva de diálogos, la omisión de descripciones o la lectura en diagonal. En consecuencia, algunos lectores comienzan a descartar obras con cierto grado de complejidad por considerarlas demasiado difíciles o rechazan clásicos por calificarlos de aburridos.
Esta aversión al análisis no se limita al ámbito literario o político. Se puede observar en numerosos entornos culturales y de ocio, donde los contenidos superficiales y efímeros han ido desplazando progresivamente las discusiones más profundas relacionadas con la filosofía, la política y otras áreas del conocimiento.
Las discusiones intelectuales han perdido presencia en espacios de entretenimiento. La doctora en filología clásica y comunicaciones, Inmaculada Berlanga (2011), señala que las redes sociales favorecen una “cultura ligera” que reduce las oportunidades para la reflexión y el desarrollo intelectual. De acuerdo con su perspectiva, el ocio deja de concebirse como una actividad capaz de estimular la creatividad y el pensamiento para convertirse únicamente en una fuente de distracción inmediata.
Otros investigadores como Bernández y Chávez (2024) sostienen que vivimos en una época caracterizada por el predominio de la información efímera y superficial, en la que las respuestas rápidas suelen valorarse más que la comprensión profunda. Según los autores, esta tendencia responde a un proceso cultural más amplio en el que la inmediatez ha comenzado a reemplazar la reflexión y el análisis como uno de los valores predominantes del consumo.
El antiintelectualismo no se limita al desprecio explícito del conocimiento, sino también en su desvalorización.
Cuando la comodidad sustituye a la curiosidad, la opinión a la evidencia, o la inmediatez al análisis, se debilita la capacidad de pensamiento: sociedades que no se cuestionan, no se comprenden.
Pensar exige tiempo y esfuerzo, pero renunciar a ello resulta más costoso.
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Sobre el autor call_made
Licenciado en Psicología, pasante del Máster en Neuropsicología y educación. Apasionado por el cine y la literatura. Su pasión por la literatura forma parte vital en sus trabajos investigativos, colaborando activamente en investigaciones y estudios psicológicos en población hondureña con el departamento de la maestría en psicología clínica de la Universidad Nacional de Honduras.
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