Columnas 34 Marcela Moreno abril 22, 2026
Desde la antigua Roma, el concepto de res publica, literalmente, «la cosa pública», estableció una premisa que sigue vigente: el objetivo del orden político es el bien común. Hoy en día, nos preguntamos, ¿cuál debería ser la verdadera tarea de quien sirve a lo público? La respuesta es tan sencilla como exigente. Que su interés por lo colectivo supere, por mucho, al individual.
Comúnmente, asociamos al servidor público con quien ocupa un cargo de elección popular. Sin embargo, la definición va más allá: un servidor público es aquel cuyos intereses trascienden su propio ser; quien asume un compromiso y una vocación genuina de servir a los demás, y por consiguiente, pone en segundo plano el descanso, la comodidad y, en muchos casos, la tranquilidad personal, para dedicarse a una causa que técnicamente, podría no afectarle en lo absoluto.
El servicio público debe entenderse, entonces, como una vocación que demanda entrega total. Una disposición a sacrificarse por alcanzar una meta mayor, la de transformar una sociedad, de generar un impacto duradero, y cambiar las vidas por las que interviene. Pero el alcance de esa transformación siempre dependerá de los principios, los valores y las aptitudes de quien sirve.
Por eso, quien hace política sin actuar con bondad, humildad, empatía y transparencia, debería alejarse de la vida pública. La prepotencia, la corrupción, la codicia y la arrogancia no tienen lugar en el ejercicio del poder público. Quien no respete la cultura, las diferencias, el arte y todo aquello que expresa la identidad de los ciudadanos, sencillamente está en la carrera equivocada.
Servir en lo público es una oportunidad reservada para quien es competente, una ocasión para el apto, un momento para el honrado. En este período poselectoral, muchos jóvenes hemos tenido que reconstruir nuestra confianza en las instituciones. Sin embargo, muchos de nosotros también ejercimos un análisis consciente y responsable al momento de elegir a quienes ocuparían los cargos de nuestra comunidad.
En este momento post-proceso electoral, hagamos valer nuestra democracia. Cuestionemos a quienes están en el poder, evaluemos sus decisiones y exijamos resultados a quienes tienen nuestra patria en sus manos. En Honduras, como en cualquier país del mundo, urgen servidores públicos con auténtica vocación de servicio, hombres y mujeres dispuestos a sacrificar privilegios personales por el bien de su comunidad; profesionales sencillos y preparados, ciudadanos íntegros y empáticos, capaces de servir incluso a quienes aún no comprenden del todo el valor de lo público.
Porque al final, una sociedad se mide tanto por quienes la gobiernan, como por aquellos que se atrevieron a exigir que la gobiernen bien.
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educación innovación liderazgo
Sobre el autor call_made
Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Tecnológica Centroamericana, enfocada en acción comunitaria, equidad de género y participación juvenil.
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