Columnas 82 Jessy Ramos julio 6, 2026
A mis veinticinco años, me encuentro en esa incómoda bifurcación de la que tanto hablaba Sylvia Plath en su libro La campana de cristal (1967), en su metáfora ella describe la vida como un frondoso árbol de higos, donde en el extremo de cada rama se desprende un fruto y cada uno de ellos es la representación de un futuro maravilloso; por ejemplo, uno de ellos puede ser una vida académica brillante y un doctorado; otro es un hogar, un matrimonio y los hijos que alguna vez desearía tener, otro es la libertad absoluta de quien sube volcanes, viaja y no le rinde cuentas a nadie. El personaje de Plath desea probarlos todos, pero el mundo exige elegir uno. Sin embargo, ella duda y paralizada por la indecisión, los higos empiezan a arrugarse y eventualmente a pudrirse.
Esa parálisis es la herida abierta de nuestra generación ya que se nos ha educado bajo el lema de que la ambición es ilimitada, repitiéndonos que el universo entero está a nuestro alcance si nos esforzamos lo suficiente. No obstante, hoy esa promesa se ha traducido a un estado de insuficiencia crónica. Mientras escribo esto en la intimidad de mi habitación, la contradicción me golpea como el aire frío de noviembre; sé que quiero seguir estudiando, que me apasiona el rigor intelectual y la investigación; pero también sé que anhelo el centro de una familia y la experiencia de la crianza.
Entonces es ahí donde aparece el miedo, un temor a dejar pasar demasiado tiempo en esta parálisis deliberativa, en priorizar metas equivocadas y despertar un día para descubrir que mis padres no están y que no pueden acompañarme en estas etapas. Me aterra pensar que por esperar las condiciones perfectas para “ser alguien”, la vida se convierta en un cementerio de posibilidades desperdiciadas.
Al pensar en el árbol de higos entiendo que esta angustia no es un invento contemporáneo; sino que se trata de una herencia histórica que atraviesa a las mujeres durante siglos. Elegir un solo higo significa cortar los demás, por ejemplo, en la Edad Media y el Barroco durante el siglo XVII, para una mujer con inclinaciones intelectuales, el matrimonio obligatorio equivalía a la muerte del pensamiento y, con frecuencia, a la muerte física causada por los partos sucesivos.
Figuras como Sor Juana Inés de la Cruz en América, o los movimientos europeos de las beguinas (comunidades de mujeres que vivían juntas al margen de los hombres), no ingresaban a los conventos porque eran devotas de fe, al contrario, la permanencia en estos lugares era el único espacio en el mundo en donde la mujer podía poseer una biblioteca, aprender latín, discutir sobre filosofía, escribir, y principalmente, ser dueña de su propio tiempo. Por lo tanto, negarse a la domesticidad era el alto precio que debían pagar para que su intelecto no fuera sepultado por el trabajo del hogar.
Siglo más tarde, Virginia Woolf lo explicaría mejor en su ensayo Una habitación propia (1929), donde argumenta que para crear y pensar, una mujer requería independencia económica y una habitación propia, pero incluso la misma Woolf experimentó esa contradicción entre el aislamiento creativo y el deseo de una vida compartida, por ejemplo en una de las páginas de su diario de 1920 escribió:
«El idilio de la vida es que uno avanza por el filo de una navaja… Recuerdo que ayer pensaba que no podía escribir… y que el orgullo intelectual es un fraude; y que sería mejor tener un hijo, y una casa común».
El conflicto que me invade a los veinticinco años es el mismo que alguna mujer del siglo pasado atravesó. La gran trampa de la modernidad es que nos han vendido la ilusión de que ya no tenemos que elegir y que se puede tener ambas cosas: la mesa familiar llena, el posgrado internacional y la crianza presente, nos ofrecen el árbol entero, pero el tiempo es lineal y cruel.
Desde la perspectiva de la psicología del desarrollo, este tránsito se reconoce como la “crisis de los veintitantos” (quarter-life crisis), un periodo de intensa ansiedad donde la presión social por consolidar la identidad y asegurar el estatus choca con la necesidad de seguridad afectiva. Entonces surge un debate entre la expansión (el deseo de devorar el mundo exterior) y la conservación, es decir, el impulso de proteger nuestras ambiciones sentimentales.
Al final, la verdadera urgencia que atraviesa esta columna no es solo miedo a no saber qué decisión tomar, sino el pánico a que, en el intento desesperado por asegurar mi libertad y mis títulos, termine alejándome de las raíces humanas que me sostienen.
Sigo bajo el árbol de higos, veo sus ramas desde el interior de mi habitación y comprendo que a veces madurar no siempre será alcanzarlo todo, sino aprender a saber renunciar.
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mujeres resiliencia sociedad
Sobre el autor call_made
Licenciada y magíster en literatura, docente, bibliotecaria y miembro fundador de la revista La Babel Subterránea. Interesada en la escritura, el análisis literario y la difusión del conocimiento.
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