Columnas 1 Ricardo Salgado mayo 13, 2026
Cuando uno llega a una reunión, siempre se va con la mente abierta para conocer personas, hacer planes o disfrutar el momento; ahora imagina una reunión donde ya tomaron todas las decisiones importantes. Los asientos buenos están ocupados, las reglas ya fueron escritas, y cuando preguntas por qué es así, alguien te responde con una sonrisa educada que así funciona el sistema. Esa reunión y ese sistema existen, es un orden internacional del siglo 21, que durante casi ochenta años, fue construido sobre un acuerdo tácito: Estados Unidos y Europa dictaban las normas, las instituciones internacionales – como el Fondo Monetario Internacional o la ONU – operaban bajo su influencia, mientras el resto del planeta recibía las consecuencias de esas decisiones sin haber participado en tomarlas.
Ese acuerdo hoy se está quebrando. China se convirtió en la segunda economía del mundo y financia infraestructura en África, Asia y América Latina con una lógica diferente: sin exigir democracia ni reformas como condición. Rusia desafió las fronteras europeas con una invasión que nadie esperaba que se atreviera a sostener. Sucesivamente, potencias medianas – Irán, Turquía, India, Brasil, Arabia Saudita – aprendieron a moverse entre bloques sin comprometerse con ninguno.
El resultado es un mundo multipolar: ya no hay un solo árbitro, sino varios jugadores con poder suficiente para bloquear, negociar o simplemente ignorar las reglas que no les convienen.
A esas potencias medianas o en transición, se les denomina en muchas ocasiones del Sur Global y aquí, es donde la historia se complica de manera interesante. Países de África, Asia, América Latina y el Caribe – lo que se llama el Sur Global – han sido históricamente el escenario donde otros libraron sus disputas. La Guerra Fría, por ejemplo, mató más personas en Vietnam, Angola y Guatemala que en cualquier territorio de las superpotencias que la protagonizaron. El Sur Global no es una geografía. Es la condición de quienes siempre heredaron las consecuencias de decisiones que nunca tomaron.
Pero… algo cambió. En 2023, la cumbre del G20 en Nueva Delhi terminó con una declaración conjunta que, por primera vez, incluyó la voz de la Unión Africana como miembro permanente. En 2024, más de cincuenta países se abstuvieron de votar resoluciones sobre la guerra en Ucrania. Esto no fue por simpatía con Rusia, sino porque consideraron que no era su guerra. Eso no es pasividad. Es una afirmación de autonomía. El Sur Global está aprendiendo que abstenerse estratégicamente, negociar con varios actores a la vez, y exigir condiciones en la cooperación que recibe, son formas legítimas de poder. No espectaculares, pero reales.
Cuando un país rico transfiere recursos a uno pobre – dinero, tecnología, expertos – lo llamamos cooperación internacional.
Suena noble. A veces lo es. No obstante, sería ingenuo ignorar que detrás de casi toda cooperación hay intereses concretos: acceso a mercados, influencia política, materias primas, posicionamiento estratégico. Lo nuevo del momento actual es que hay más ofertantes. Antes, si un país necesitaba financiamiento para construir una represa, tenía que pasar por el Banco Mundial y aceptar sus condiciones. Hoy puede llamar al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura – creado por China en 2016 – y obtener los recursos con condiciones distintas. Eso no significa que China sea más generosa; significa que la competencia entre potencias le da algo de margen de negociación a quien antes no tenía ninguno.
Es ahí donde entran los nuevos actores internacionales: organizaciones de la sociedad civil, ciudades que firman acuerdos climáticos por encima de sus gobiernos nacionales, empresas tecnológicas con más usuarios que habitantes tienen muchos países, y movimientos sociales que presionan agendas globales desde abajo. El tablero se ensanchó. Y eso es, dependiendo del día, una oportunidad o un caos. Para una generación que creció con internet, la idea de que las decisiones del mundo se toman en salones a los que no fuimos invitados debería ser inaceptable. Y en parte lo está siendo: los jóvenes del Sur Global están en universidades, en organizaciones, en movimientos que ya no piden permiso para opinar sobre el cambio climático, la deuda externa o la arquitectura financiera global.
La pregunta no es si el mundo va a cambiar. Ya está cambiando. La pregunta es si las voces que históricamente fueron ignoradas van a tener asiento en la mesa donde se reescriben las reglas, o si llegarán, otra vez, cuando las decisiones ya están tomadas. El mundo no vuelve a la fuerza porque los poderosos lo quisieron así. Vuelve porque los que no tenían voz decidieron ahora la tienen y juegan en un tablero, donde las reglas no están dadas.
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economía geopolítica relaciones internacionales
Sobre el autor call_made
Internacionalista, con experiencia académica en Economía y Ciencias Políticas. Desarrollo profesional desde el Servicio Diplomático y Consular, Docencia, Gestión de Proyectos en Administración Pública, Gobernanza, Migración, Cambio Climático y Desarrollo Sostenible, entre otros.
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