Columnas 1 Dilcia Velásquez julio 10, 2026
Un día, absorta en mi cotidianidad y viendo a mi alrededor, me vino un pensamiento: ya no me suceden cosas divertidas, al menos cosas interesantes con las cuales exagerar en el relato comentado a mis amigos, como la vez que dejé un pedazo de pollo que me iba a comer, y mi perro me terminó ganando, o la vez que me subí a un bus incorrecto, y el chofer me terminó regañando a buenas 7 de la mañana.
La primera vez que salí del país, tuve la oportunidad de visitar una de las ciudades más grandes del mundo. A la hora de regresar a nuestro hospedaje teníamos que agarrar un tren, eran las 6 de la tarde aproximadamente y nos subimos al que supuestamente era nuestro tren (plot twist: no lo era). Al final llegamos a la última estación de esa línea y no iban a pasar más trenes. Ahí estábamos: 3 mujeres en el medio de la nada a las 9 de la noche, con unos combos de pollo ahora helados y una Coca-Cola sin gas. Yo, a pesar del panorama, no estaba preocupada, y me dispuse a comer el pollo que tanto quería probar y no me terminó gustando. Después de una hora, nos fueron a recoger, y todo quedó en una anécdota muy bonita. ¿Lo que aprendí? A no dejarme guiar por el hype que le dan a los restaurantes de comida rápida.
Lo que antes llamaba “mala suerte” y ahora añoro porque las situaciones que enfrento ahora, a mis 24 años, son demasiado «de adulto»: aburridas y algo «deprimentes». Tal vez quiero que me sucedan cosas divertidas para crear recuerdos memorables y salir de esa rutina que se asienta más mientras crecemos.
Estas vivencias, aunque parezcan muy absurdas, te dan una perspectiva diferente y fortalecen tu capacidad de afrontar las cosas por más pequeñas que sean. Considero que son necesarias para que la vida no se sienta tan pesada, aunque al vivirlas se siente como si la tuviéramos en contra; todo es cuestión de cómo te lo tomas o afrontas.
En mi caso, lo tomo con humor y un tinte de exageración a la hora de hacer el famoso «storytelling». Sí, la mayoría de situaciones que me han pasado han sido mi culpa, y he aprendido de esos «desaciertos», lo prometo. Tal vez solo es un momento de nostalgia, que me permite apreciar más esos momentos de ingenuidad (por no decir otra cosa) que no se volverán a repetir.
Cuánta razón tenían los adultos cuando decían «el tiempo pasa rápido». Y es cierto: pasa volando sin que uno se dé cuenta. Ser conscientes de esto nos genera una urgencia por vivir, porque todo lo que hacemos quedará convertido en recuerdos que, algún día, se desvanecerán. Tal vez nuestras vidas no sean tan extraordinarias (aún) como las planeábamos de niños, pero eso no le resta valor.
Todo lo que hacemos cuenta, y vale la pena vivir al máximo los pequeños momentos que nos hacen sentir, de cierta forma, completos.
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Sobre el autor call_made
Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Publicidad con experiencia en gestión de comunidades digitales y creación de contenido. Es una Gen Z apasionada por la cultura pop y los gatos.
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