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El mundial como negocio antes que como deporte

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El fútbol nació en las calles. No necesitó más que una pelota y un terreno vacío para convertirse en el deporte más popular del planeta. Esa accesibilidad radical, esa democracia sin árbitros ni estadios, fue la que le dio identidad: era el deporte de los obreros, de los inmigrantes, de las familias que no tenían nada más que un domingo libre y ganas de jugar. Los primeros clubes modernos los organizaron trabajadores, no empresarios. El primer Mundial fue una fiesta modesta. Nadie imaginó que algún día eso que se jugaba en los potreros terminaría siendo el espectáculo más caro de la historia. Ese día llegó.

La Copa del Mundo 2026, organizada entre Estados Unidos, México y Canadá, es el evento deportivo más grande jamás realizado: 48 selecciones, tres países anfitriones, millones de fanáticos en todo el planeta. Y también es el más difícil de defender. No porque el fútbol haya fallado, sino porque quienes lo administran llevan años alejándolo de quienes lo construyeron.

El precio de la exclusión

Este año, la FIFA asumió por primera vez el control directo de la venta de entradas y aplicó un sistema de precios variables según demanda, el mismo mecanismo que usan los hoteles y las aerolíneas. Las consecuencias fueron históricas, en el peor sentido. Las entradas para el Mundial 2026 cuestan más del doble que las de Qatar 2022, ajustando por inflación, y aproximadamente cuatro veces más que cuando Estados Unidos organizó el torneo por última vez en 1994. Para el partido inaugural en Ciudad de México, las entradas promediaron más de 2.500 dólares. Según The Economist, la tarifa mínima para la final llegó a 2.030 dólares, y algunas localidades en el mercado de reventa se listaron hasta en dos millones de dólares.

El deporte más accesible del mundo está organizando su torneo máximo de la manera menos accesible posible. Las familias, los abuelos, los niños que crecieron amando este juego frente a un televisor pequeño: para ellos no hay lugar en las gradas. No porque no quieran estar, sino porque el sistema ya no los contempla.

La diplomacia del balón en el peor momento posible

Si los precios excluyen a las clases medias y populares del mundo, el contexto geopolítico se encarga de excluir a países enteros. Estados Unidos co-organiza el torneo global más visto del planeta mientras aplica una de las políticas migratorias más restrictivas de su historia. El resultado es una contradicción que roza el absurdo.

El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, uno de los 52 seleccionados por la FIFA para impartir justicia en el torneo, denunció que Estados Unidos le denegó su visa a apenas tres días del inicio del Mundial. Llegó al aeropuerto de Miami con visa válida y documentación oficial de la FIFA, fue sometido a once horas de interrogatorio y finalmente deportado. Artan habría sido el primer árbitro somalí en dirigir en una fase final de la Copa del Mundo, y en 2025 fue reconocido como el mejor árbitro de África por la Confederación Africana de Fútbol. Su historia no es una anécdota: es el símbolo de un torneo que prometió unir al mundo y terminó aplicando sus propias fronteras dentro del juego.

El caso del árbitro somalí no fue el único. Las tensiones migratorias dejaron fuera a delegaciones, a hinchas, a familias que no pudieron obtener visa para ver jugar a su selección. Canadá, mientras tanto, reorienta su relación con Estados Unidos tras meses de fricciones por aranceles y soberanía. México enfrenta acusaciones contra funcionarios vinculados al crimen organizado. En paralelo, afuera de uno de los estadios, maestros de la región marchaban para exigir el respeto a sus derechos laborales, sus pagos, su dignidad. El mundo real no se detiene porque haya Mundial.

¿Dónde quedó el fútbol?

La paradoja más dolorosa es esta: el Mundial no se corrompió de golpe. Lleva años moviéndose en esta dirección, acumulando decisiones que priorizan los ingresos corporativos sobre el acceso popular, los derechos televisivos sobre las entradas asequibles, la imagen global sobre las comunidades locales. El 2026 no es una traición repentina. Es el momento en que ya no se puede mirar para otro lado.

Y sin embargo, millones de personas siguen ahí. Siguen despertándose de madrugada para ver los partidos, siguen juntando dinero para el viaje, siguen llorando cuando su selección pierde y gritando como si el mundo se acabara cuando mete un gol. La fascinación sobrevive, intacta, a pesar de todo. La posibilidad de ver a Cristiano Ronaldo o a Messi en un escenario mundial desafía cualquier cálculo racional. El sentimiento colectivo que da vida al fútbol es más fuerte que sus instituciones.

Esa es su mayor fortaleza, y también su mayor vulnerabilidad.

Porque el fútbol puede sostenerse sobre la pasión de su gente durante mucho tiempo. Pero si el acceso al espectáculo se sigue restringiéndose cada vez más por el precio de una entrada, por el color de un pasaporte, por la política de un presidente, llegará el momento en que esa pasión no alcance para disimular el vacío. El momento en que la gente que construyó este deporte termine viéndolo desde afuera, literal y definitivamente.

El Mundial más grande de la historia. El más difícil de defender.

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