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Leyendo las primeras páginas del libro “Las Malas” por Camila Sosa Villada, me encontré con una frase que tocó fibras muy profundas en mí, dice: “Me daba vergüenza mi falta de estudio, mi falta de mundo, mi torpeza para expresarme. Incluso mis virtudes me daban vergüenza, porque habían nacido de mis errores, de mis carencias.”, la vergüenza es una emoción de la cual el ser humano no se escapa, y siendo honesta, me identifiqué con dicha frase, me hizo recordar esos tiempos donde estaba avergonzada de ser yo, de ser mis gustos, y de ser mis creencias.
El hecho de tener vergüenza no significa algo enteramente malo, desde el lado positivo lo podemos ver como un regulador social, investigando sobre este tema, me encontré que esta emoción es catalogada como compleja, gracias a esta podemos identificar ciertas acciones o rasgos que nos ayuda “corregir” y así mejorar nuestras interacciones con otras personas.
Mientras decidía el rumbo que iban a tomar mis palabras con respecto a mi experiencia con la vergüenza, como hondureña me pregunté, ¿Por qué me avergüenza algo tan mínimo que hice en el 2018? ¿Y a un político hondureño no le da la más mínima vergüenza mentirnos en la cara?, ¿Decir que vamos a estar bien, cuando es todo lo contrario?
El panorama no es alentador para el buen hondureño, nos dicen que será un gobierno austero, y les reconozco eso, porque tienen a los sistemas básicos del país en precariedad. La vergüenza ayudaría a que hagan algo bueno por Honduras, pero lamentablemente estamos alejados de esa realidad.
Al final del día, terminamos siendo víctimas de un pueblo sin memoria, y quienes están en el poder, hacen caso omiso de temas cruciales, y buscan lavar su imagen a través de publicaciones donde dicen “estar haciendo su trabajo”, cuando los comentarios dicen otra cosa. Siendo optimista, el día que lleguen a sentir vergüenza por lo que hacen o no hacen, nuestro país puede llegar a cambiar para bien; mientras tanto, como jóvenes debemos mantenernos informados y buscar distintas fuentes de información para generar un criterio, y, sobre todo, exigirles a nuestros gobernantes que hagan bien su trabajo.
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