Columnas 4 Jessy Ramos agosto 6, 2026
La historia del poder siempre ha sido la historia del control del conocimiento. Para someter a una sociedad no se necesitan cadenas físicas; solo se condiciona el pensamiento y con eso se siembra la ignorancia. En el siglo XVII, Baruch Spinoza decía que el mayor logro de las estructuras autoritarias consiste en lograr que las personas «luchen por su servidumbre como si se tratara de su salvación».
En el 2022 Olivia Wilde dirigió la película Don’t Worry Darling, en este filme las mujeres habitaban en una comunidad idílica de los años cincuenta llamada Victoria, sus días están llenos de rutinas perfectas, su paz y vidas de ensueño se sostenían bajo una verdad atroz: estar atrapadas bajo un “domo” de desinformación, despojadas de sus propias memorias para ser manipuladas en una simulación virtual.
Esta ficción llega a ser un reflejo de la realidad inquietante de hoy, debido al auge global del movimiento tradwife y las otras retóricas hiper-tradicionales que no son hechos aislados, sino manifestaciones como la ola de la domesticidad obligatoria y la renuncia a la autonomía política se promocionan como el ideal de vida. De igual manera, figuras del neo-conservadurismo promueven las propuestas del household voting (un único voto por hogar ejercido por el esposo como “cabeza de familia”). Lo más alarmante de todas estas ideas es que las mujeres jóvenes y universitarias estén dispuestas a renunciar a sus derechos políticos a cambio de una “promesa de orden moral”. En el siglo XVI, Étienne de La Boétie explica el concepto de servidumbre voluntaria, ella dice que cuando surge un fenómeno por el cual la masa privada de espíritu crítico se llega a someter por costumbre es porque hay una falta del saber al yugo de otros.
En conjunto con la renuncia a la voz política, nos encaminados al silenciamiento de la memoria histórica en la era digital. En las novelas distópicas —desde el fuego de Fahrenheit 451 de Bradbury hasta la reescritura del pasado en 1984 de Orwell—, el control sobre la sociedad siempre ha estado enlazado sobre la destrucción de los libros. Hoy en día, esa erradicación no requiere de hogueras, ya que proyectos como el “Proyecto Panamá” de la empresa Anthropic (donde se compraron millones de libros físicos para cortar sus lomos, escanear sus páginas y triturarlos para alimentar algoritmos de inteligencia artificial), demuestran una paradoja inquietante, se destruyen los libros físicos, se despoja el objeto tangible del conocimiento y en su contraparte nos invita a ser unos consumidores más de las certezas prefabricadas y automatizadas.
Es aquí donde el debate sobre la educación deja de ser un tema de rigor académico y se convierte en una necesidad de supervivencia. El educador y filósofo Paulo Freire señala que «la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo». Cuando se le priva la educación a las niñas, a las jóvenes y a la sociedad en general, se reduce la capacidad de cuestionar el estado de las cosas. Si no se cultiva el pensamiento propio, se vuelve presa fácil de dogmas, discursos populistas y manipulaciones.
Por ello, cada mujer, hombre o niño que adquiere una educación hace crecer su propio entendimiento, este actúa como un escudo intergeneracional que permite interrumpir los ciclos de subordinación y ayuda a que los demás forjen su propio criterio para no caer en propaganda. Sin embargo esta siembra no ocurre de la nada; son los maestros quienes se encargan de plantar las primeras semillas del pensamiento libre en las aulas. Los docentes son los dirigentes de formarnos para enfrentar el mundo, enseñarnos a dudar y de moldear el juicio moral. Esta tarea es representada por el espíritu del profesor John Keating en La sociedad de los poetas muertos, quien desafiaba a sus alumnos a subir a sus escritorios para cambiar de perspectiva, de esta forma él les recordaba que el verdadero propósito de la enseñanza no es imponer una norma, ni exigir la repetición de las cosas, sino aprender a pensar por uno mismo.
El conocimiento es poder, así lo afirmaba Francis Bacon; porque en un tiempo donde todo es confiscado, el estudio y la educación representan algo aún más profundo, el estudio será lo único que nos pertenece por completo a nosotros mismos. Nadie puede despojar a un individuo de lo que ha comprendido y aprendido. Las posesiones materiales se devalúan y las tecnologías quedan obsoletas, pero el pensamiento crítico y la formación intelectual permanecerán.
Educarnos al final del día no es la acumulación de títulos; al contrario, es construir una trinchera contra la manipulación, formar a las nuevas generaciones en la duda metódica, el análisis histórico y el rigor es la única vía para garantizar que las mujeres no acepten volver a la cocina por obediencia de un tercero, ni ceder su voto por ignorancia.
La importancia de la educación radica en romper la venda que nos mantiene ciegos.
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educación empoderamiento juvenil opinión
Sobre el autor call_made
Licenciada y magíster en literatura, docente, bibliotecaria y miembro fundador de la revista La Babel Subterránea. Interesada en la escritura, el análisis literario y la difusión del conocimiento.
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